El avión sube.
Nadie está mirando por las ventanillas. Eso es lo primero que habría que entender: que pasados cuatro minutos del despegue ya nadie mira. Madrid se ha quedado abajo convertida en una mancha oscura cruzada de luces, y la novedad ha durado exactamente lo que dura la novedad.
El hombre del 26A tiene los ojos cerrados. No duerme. Está repasando una frase que ha ensayado catorce veces: «Yo lo hice. Fui yo y no él». Antes del martes tendrá que decírsela a su mujer.
Su mujer, en el 26B, le ha puesto una mano en el antebrazo sin decir nada. En la fila 27, una niña sostiene un vaso de plástico con zumo de naranja. En la 41, un chico de dieciséis años mira fijamente el respaldo que tiene delante y ha decidido esperar hasta después de la comida para acercarse a sus compañeros.
En el 12A, una mujer que hace veinte años certificaba aparatos como este escucha. Entre el rugido general hay una nota que aparece y desaparece. Está a punto de avisar dos veces. Luego pulsa el botón de llamada.
En la 62, junto al pasillo, un hombre delgado no ha soltado la mochila. Dentro hay tres fotocopias. Le han costado cuatro años. En el office de proa, la auxiliar más veterana coloca vasos en una bandeja y hace una cuenta mental: nueve horas, cuatro servicios, cuatrocientos doce pasajeros.
En la cabina, el comandante ajusta el rumbo y comprueba los instrumentos. Por unos minutos, las cosas de tierra se han quedado en tierra.
Son las 07:46. El sonido llega antes que todo lo demás. No suena como una explosión: es un golpe seco, corto, casi doméstico, como si alguien hubiera cerrado de un portazo una puerta enorme en algún lugar por debajo de los pies.
El avión da un tirón hacia la izquierda, brutal, sin aviso, y todo lo que está suelto cruza la cabina. Los objetos llegan antes de que nadie pueda levantar las manos. El vaso de zumo de la niña sale despedido y estalla contra el techo.
Luego el ruido. Ya no es un golpe, es un rugido que entra por todas partes al mismo tiempo. Con él llega el frío. El aire se empaña de golpe. Niebla. Dentro del avión.
Los paneles se abren. Caen las máscaras, cientos de ellas descolgándose a la vez de sus compartimentos. Caen todas menos una.