La Galería de Saqqara.
El doctor Youssef Bahri sabía tres cosas al entrar en la Galería de Saqqara, y las tres eran malas. La primera, que había desconectado él mismo las cámaras del ala este. La segunda, que el hombre que lo seguía por el pasillo de las mastabas no tenía ninguna prisa. La tercera, que a sus setenta y cuatro años ya no corría.
Avanzó entre las vitrinas con la mano izquierda apoyada en el cristal. A esa hora el museo era un animal dormido.
Tenía cuatro por ciento de batería. Tenía una fotografía en la galería. Tenía una dirección de correo escrita en un papel que llevaba nueve días doblado en la cartera y que no se había atrevido a usar.
Adjuntó la imagen. Escribió el asunto. Borró una explicación que no iba a caber en el tiempo que tenía.
Cuente las proporciones. No es religión.
Pulsó enviar. La barra de progreso empezó a llenarse con una lentitud obscena.
La silueta avanzó tres pasos y entró en un charco de luz verde. El hombre hablaba árabe, pero un árabe demasiado cuidado, con la cadencia de quien ha aprendido primero a leerlo y solo después a decirlo.
—Doctor Bahri. Le voy a hacer una pregunta. Y quiero que entienda que la respuesta no cambia nada. La hago por cortesía.
El teléfono vibró en la mano de Bahri. Una sola vez.
Enviado.
El hombre sonrió de forma breve, casi cordial. «¿Sabe usted qué hacían los egipcios cuando querían borrar a un hombre?», preguntó. «No lo mataban. Bajaban al templo con un cincel y le quitaban el nombre de la piedra. Vaciaban el cartucho. Y a partir de ese momento el hombre no había existido nunca».
Bahri sintió el frío del cristal atravesándole la camisa. Se acordó de la mano.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sus dedos encontraron el estilete de acero con el que llevaba cuarenta años limpiando las juntas de las piezas. Ocho centímetros. Punta roma. Un instrumento de paciencia, no de violencia.
Trazó un cartucho en el centro de la palma. Dentro no escribió un nombre. Escribió el tachado.
—¿Cuántos van? —susurró Bahri.
—Los que hagan falta —dijo el hombre.