La llamada
El teléfono vibró aquel martes de octubre de 2026, por la tarde, mientras Joki intentaba convencer a Duque de que soltara una pelota. Dos pulsos breves, una pausa, otro pulso. El perro seguía tirando. Joki dejó de hacerlo.
En la pantalla no había un nombre, solo una petición de contacto. Llevaba veinticinco años de servicio y aún necesitaba un instante para pasar de una vida a la otra.
—Suelta, chico.
Duque obedeció demasiado tarde. La pelota rodó hasta el desagüe del jardín.
Entró en el adosado, cerró la ventana del despacho y devolvió el aviso desde la línea de trabajo que guardaba bajo llave. En la pantalla del ordenador quedó abierta una factura a un cliente de Valencia: una reparación de red que sí había hecho y por la que todavía no había cobrado. La tapadera funcionaba mejor cuando una parte era verdad.
La conversación fue breve, como siempre. Confirmación de identidad, un código de tres palabras que cambiaba cada seis meses, y una sola frase de la persona al otro lado que le indicaba la urgencia real de la situación:
«Madrid, esta noche, sede central». No añadieron nada más por esa vía. Nunca lo hacían.
Después preparó la bolsa: ropa, documentación y el reloj de operaciones. Sacó del cajón la correa con una pequeña muesca junto al cierre. El técnico había ofrecido cambiarla después de la última misión. Joki había preferido conservarla.
Desde el jardín vecino llegaba música y, de vez en cuando, la voz de Melissa hablando por teléfono. Era profesora de instituto, vivía allí desde hacía cinco años y se había convertido en la persona a quien él acudía antes de marcharse y después de volver. Entre ambas cosas quedaba un espacio que ninguno sabía nombrar.
El sábado anterior habían discutido sobre un vino en la bodega de Ferran. A ella le parecía que tenía demasiado roble; a él, que lo juzgaba antes de terminar la copa. Carlos había reclamado un árbitro y Rubén se había bebido el resto de la botella mientras los otros discutían. Una noche corriente. Joki había prometido acompañarla a la siguiente cata.
Ahora tendría que cancelar también eso. Duque lo siguió hasta la puerta, atento a una bolsa cuyo significado conocía mejor que muchos de sus amigos.
Cruzar el jardín hasta la valla de Melissa le costó, como siempre, un poco más de lo que a él le habría gustado admitir. La encontró tendiendo ropa en el patio trasero, con el pelo recogido de cualquier manera y una expresión relajada que
Joki sabía que estaba a punto de cambiar en cuanto lo viera acercarse con la bolsa de viaje al hombro.
—Otra vez —dijo ella, no como pregunta, sino como constatación, dejando la pinza de ropa a medio camino de la cuerda.
—Otra vez.
—¿Cuánto tiempo esta vez?
—No lo sé todavía. Puede que unos días, puede que más.
Melissa dejó el cesto en el suelo. Joki esperaba una broma sobre los informáticos y sus horarios, pero ella miraba la bolsa.
—El sábado me dijiste que esta semana estabas libre.
—Lo estaba.
—Hasta hace cinco minutos.
Él no contestó. Al otro lado de la valla, una camisa húmeda goteaba sobre las baldosas.
—¿Me dejas la llave de siempre para el correo y las plantas?
—Si puedes ocuparte, sí.
—Puedo. Déjame también comida para Duque.
Duque apoyó las patas delanteras contra el murete y gimoteó. Melissa le rascó detrás de una oreja sin dejar de mirar a Joki.
—Cuídate —dijo Melissa finalmente, intentando aligerar la voz—. Y si puedes, aunque sea un mensaje de vez en cuando. Aunque solo diga que sigues vivo.
—Lo intentaré. Ya lo sabes.
—Lo sé. Y también sé que a veces no puedes ni eso.
Joki alargó la mano por encima de la valla. Melissa se la sostuvo unos segundos. Él esperó a que fuera ella quien la soltara.
—Duque se queda contigo, como siempre.
—Como siempre.
Joki le entregó la llave. Había aprendido a proteger la información; nunca había aprendido a despedirse sin que pareciera que daba instrucciones.
El vuelo a Madrid salió esa misma noche desde Manises, un trayecto corto que Joki pasó mirando por la ventanilla sin ver realmente nada, repasando mentalmente, por pura costumbre, la lista de posibles escenarios que podían justificar una activación tan repentina. Ninguno de ellos, ni siquiera el más elaborado, se acercó a lo que le esperaba al llegar a la sede.
En Madrid lo condujeron a una sala de coordinación de la sede del CNI. Lo esperaban un analista, una mujer a la que conocía de otras operaciones y un responsable de la unidad. Ella dirigiría el dispositivo; en las comunicaciones sería, sencillamente, la Directora. Dejaron los teléfonos personales fuera y el analista apagó el monitor que tenía delante antes de iniciar la proyección.
—Hace cuatro días —empezó la mujer, sin preámbulos, proyectando en la pantalla central una serie de imágenes que Joki tardó un instante en procesar del todo: mapas, gráficas epidemiológicas, fotografías de un hospital rural con pasillos desbordados— se declaró un brote de un virus no identificado en una zona rural del oeste
de Tailandia. Veintitrés muertos en las primeras cuarenta y ocho horas. La cifra ha seguido subiendo desde entonces.
La Directora mostró fotografías de una clínica rural y un informe preliminar. Las autoridades tailandesas habían enviado muestras a un equipo internacional. Sus resultados sugerían una intervención artificial, todavía pendiente de contraste. El pueblo estaba aislado y la atención médica desbordada. No sabían si el brote obedecía a una prueba, a un accidente o a un ataque cuyo alcance aún no comprendían.
—Tenemos además mensajes interceptados sobre una demostración biológica y un envío de equipos desde Alemania —dijo el responsable de la unidad—. La ruta pasa por una filial de Gaber, una farmacéutica de Berlín. Puede haber una explicación legítima. Necesitamos averiguar si existe.
—¿Y mi papel? —preguntó Joki, aunque en el fondo ya intuía la respuesta antes de que se la dieran.
—Reconocer el edificio y comprobar si sus sistemas guardan relación con el brote. Si se autoriza la entrada, extraer documentación y los módulos de cálculo que buscamos. Sin tocar material biológico. Trabajaremos con un grupo reducido de enlaces alemanes; todavía no tienen pruebas para una intervención abierta y temen avisar a la empresa demasiado pronto.
El responsable abrió una carpeta. Dentro había una fotografía del edificio y otra de su acceso de servicio.