Nota antes de entrarPágina 1Bienvenido al edificio.
Este libro tiene un edificio. Cuatro plantas, tres puertas por planta, sin nombre de ciudad, porque podría estar en cualquiera. Y tiene un ascensor: uno solo, el mismo en los catorce relatos, que sube y baja durante todo un año mientras catorce personas distintas entran en él por catorce motivos distintos.
Ninguna de las catorce se conoce entera a las demás. Se cruzan en un rellano, comparten un vecino, se dan los buenos días desde hace once años sin saber nada la una de la otra. El miedo casi nunca se ve desde fuera.
Nota antes de entrarPágina 2Es una novela psicológica. Cada uno de los catorce relatos está escrito con personajes, voces, giros y algún silencio bien puesto. Al mismo tiempo, cada uno trabaja sobre un mecanismo real, documentado, de los que se estudian en psicología clínica desde hace décadas.
Si te reconoces en alguna de las catorce personas que vas a conocer, este libro no va a curarte. Lo que sí puede hacer es lo que hacen a veces las buenas novelas: que dejes de sentirte tan solo con lo que sientes.
El susto
Quique Bellver salió del súper a las seis y cuarenta, como cada noche desde hacía ocho meses, con los ojos ardiendo de las luces de los pasillos y una barra de pan bajo el brazo. Tenía veintiséis años y trabajaba de noche reponiendo estanterías. Se presentaba a las oposiciones de bombero por tercera vez en mayo.
Metió la llave en el portal.
Segundo cero. La puerta de madera se cerró detrás de él con su golpe de siempre. El ascensor olía un poco a limpiador. Pulsó el uno. Se apoyó en la pared del fondo y cerró los ojos un segundo, de puro cansancio, nada más.
Segundo tres. El ascensor dio el tirón de arranque y empezó a subir. Y entonces, sin ningún motivo que Quique pudiera encontrar ni entonces ni después, el corazón le dio un golpe seco en el pecho, como si alguien hubiera dado una palmada dentro de él.
A los nueve años, Quique se perdió veinte minutos en un centro comercial. No fue nada. Su madre siempre lo cuenta como una anécdota. Quique sí se acuerda: del momento exacto en que miró alrededor y todas las caras eran de desconocidos, altísimos, moviéndose deprisa, y ninguna era la que buscaba.
Segundo nueve. El ascensor pasó el rellano bajo. Toda su atención estaba puesta en lo que le ocurría dentro del pecho. Algo va mal. No supo de dónde había salido ese pensamiento. No tenía ninguna base: no le dolía nada, no había ningún ruido raro. Y sin embargo ocupaba todo el espacio disponible en su cabeza.
Segundo catorce. Sonó el clac. Se abrieron las puertas. Quique salió al rellano del primero con la barra de pan todavía bajo el brazo. El corazón ya iba normal. No había pasado nada.